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Antonio Beltrán Martinez

6th April 1916 - 29th April 2006

Appreciation by
Guillermo Fatás

En 1991 escribí para Antiquity un breve artículo explicando un interesante epígrafe jurídico, escrito en latín, fechado en los idus de mayo del año 89 a. C. y aparecido en Contrebia Belaisca. Esa ciudad celtibérica fue excavada y estudiada durante muchos años por la Universidad de Zaragoza a iniciativa del profesor Antonio Beltrán, bajo su dirección o la de sus discípulos. Veinticinco años después, escribo de nuevo un texto, esta vez con el triste propósito de notificar a los colegas de Cambridge y a los numerosos estudiosos que leen la revista la dolorosa noticia de que el profesor Beltrán ha muerto, a los pocos días de cumplir noventa años.

Antonio Beltrán Martínez nació en la pequeña villa aragonesa de Sariñena (provincia de Huesca), el 6 de abril de 1916. Vivió la devastadora guerra civil, en la que fue soldado, movilizado por el bando republicano. Diez años después de acabada, cuando llegó a Zaragoza al ganar una plaza de catedrático universitario en 1949, España era un país empobrecido. Estaba aislado de Europa -a su vez asolada y dividida tras la segunda Guerra Mundial- y encerrado en una penosa y forzada autarquía hija de la exaltación nacionalista, casi xenófoba, del régimen del general Franco y del rechazo de las potencias aliadas a aceptar relaciones abiertas con un aliado del Eje. Es preciso tener en cuenta estos factores para valorar la actividad de Antonio Beltrán; porque, en aquellas circunstancias, eran sumamente escasos los medios materiales a disposición de un joven profesor universitario dedicado a saberes sin aplicación utilitaria directa. Y, si los medios económicos y técnicos faltaban casi del todo, los recursos humanos eran tan exiguos que se reducían a su sola persona: él era el único docente e investigador en un área científica que tenía como título oficial "Arqueología, Epigrafía y Numismática" y en una Universidad cuya extensa jurisdicción cubría seis provincias, que actualmente pertenecen a cuatro Comunidades Autonómas diferentes: Zaragoza, Huesca y Teruel (en Aragón), Navarra, La Rioja -entonces, provincia de Logroño- y Soria (hoy en Castilla y León).

Las necesidades de la vida académica y su insaciable curiosidad por las cosas de la vida pasada y presente -en el fondo, el principal objeto de su interés fue siempre el ser humano como actor de las sociedades en que vive- pusieron en su camino obligaciones crecientes y muy variadas. A todas supo hacer frente con ingenio y dedicación. Además de las que tenía encomendadas en su cátedra, se ocupó durante muchos años de las enseñanzas de Prehistoria, Historia Antigua y Etnología (Antropología Cultural) en la Facultad de Filosofía y Letras. Y en ella fue Decano de modo ininterrumpido, reelegido por sus colegas, entre 1968 y 1985: este dato sintetiza bien su notable capacidad como organizador y administrador, que le llevó, por iniciativa propia o ajena, a ejercer numerosas funciones gestoras con provecho para la comunidad. Comunidad académica -como Secretario General de la Universidad- y comunidad ciudadana, pues también fue diputado de la provincia de Zaragoza y concejal de su capital, aportando su habitual energía para la recuperación y mejora de importantes monumentos, como la Aljafería, el palacio hudí del siglo XI convertido luego en residencia de los reyes de Aragón, la Lonja del siglo XVI y la creación del Museo de Etnología y Ciencias Naturales de Aragón.

La enseñanza etnológica derivó, con los años, en una fructífera y copiosa producción sobre las tradiciones aragonesas -música, danza, paremiología, arquitectura, vestido, gastronomía, ritos sacros y profanos-, de las que fue incansable estudioso e inmejorable y afamado divulgador. Recogió y sistematizó un importante corpus de saberes durante los años en que el crecimiento económico del país llevó a un veloz y espectacular despoblamiento del campo, con la consiguiente pérdida acelerada de las tradiciones del mundo agrario. El afecto generado en los aragoneses por este constante desvelo hacia un acervo popular agonizante -y que, en algunos casos, logró revitalizar- fue una gran retribución sentimental, que apreciaba de modo particular, plasmada en distinciones, dedicaciones de calles y lugares -incluido un colegio público- y abundantes homenajes de toda especie, con frecuencia tan sencillos como conmovedores, lo mismo en las ciudades que en los pueblos pequeños. Zaragoza le concedió su Medalla de Oro, lo designó Hijo Adoptivo y lo nombró Cronista Oficial de la Ciudad.

El comienzo de su vida profesoral estuvo marcado por la confección de dos importantes manuales, que fueron durante mucho tiempo de uso en numerosas Facultades españolas: la Arqueología clásica (1949) y el Curso de Numismática (1950), en los que remedió con habilidad y un llamativo sentido práctico -rasgo notable y constante de su modo de ser- la falta de bibliografía actualizada "ad usum scholarum" en España.

De su padre, Pío Beltrán, catedrático de Matemáticas en Bachillerato, heredó una afición sobresaliente por la Numismática. Antonio enriqueció las notables habilidades metrológicas y clasificatorias de su progenitor con el uso de la iconografía, la prosopografía y las fuentes historiográficas, sin detenerse en limitaciones cronológicas: desde las primeras amonedaciones hasta la moneda metálica contemporánea, todas las acuñaciones hispánicas, incluidas las andalusíes y las iberoamericanas, fueron objeto de sus publicaciones y de su enseñanza. Fundó en 1951 la revista Numisma y los Congresos Nacionales de Numismática en 1972, una y otros con amplio seguimiento en la América de lengua española. De ahí que el Museo Numismático de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre lo designase durante más de treinta años su principal asesor.

Como arqueólogo, sentó las bases de una nueva etapa en los estudios de la antigüedad de Cartagena, en la que comenzó su carrera, cuyo Museo Municipal fundó y a la que durante toda su vida dedicó esfuerzos y trabajos que le fueron retribuidos con los mejores galardones oficiales. Allí puso en marcha los Congresos Arqueológicos del Sudeste Español, que poco años después logró convertir en Congresos Nacionales de Arqueología, celebrados veintisiete veces bajo su dirección, entre 1949 y 2002, y cuyas Actas, pronto muy voluminosas, eran fiel reflejo impreso de la situación de la Arqueología española. Dirigió numerosas excavaciones en yacimientos de Aragón, cubriendo un espectro cronológico que abarcó desde el Neolítico hasta la Antigüedad Tardía. Y se edita aún por la Institución Fernando el Católico la revista Caesaraugusta, que puso en marcha en 1951, una de las publicaciones arqueológicas más veteranas del país, en la que escriben principalmente los arqueólogos aragoneses, pero donde también lo han hecho figuras internacionales como Henri Breuil o Nino Lamboglia.

No descuidó la Epigrafía, incluida entre las obligaciones de su cátedra. Estuvo entre 1950 y 1969 al frente de Hispania Antiqua Epigraphica, anejo autónomo del Archivo Español de Arqueología -la revista nacional del Consejo Superior de Investigaciones Científicas- y de su interés por los problemas de las lenguas y los signarios paleohispánicos, y de los ibéricos en particular, es muestra relevante la importante edición que, con Antonio Tovar, hizo en 1982 del primer Bronce de Botorrita (Contrebia Belaisca), escrito en caracteres ibéricos y en lengua celtibérica.

Su notoriedad internacional le vino, sobre todo, de su conocimiento exhaustivo del arte rupestre prehistórico en todas sus modalidades y épocas. El examen directo de la materia le hizo recorrer el mundo: era capaz de manejar repertorios de extraordinaria amplitud, en el tiempo y en el espacio -desde Oceanía a Brasil, desde los petroglifos canarios a las representaciones paleolíticas de España y Francia- y de elaborar hipótesis que se convertían en tópico científico. Fue notable la serie de sus publicaciones sobre cuevas francesas -Francia lo distinguió oficialmente con su Ordre des Arts et des Lettres- e imprescindible la catalogación y sistematización del Arte Rupestre Levantino español, que atrajo la atención de la Unesco. Este organismo lo tuvo como consultor experto y en 1998 declaró, sin duda siguiendo su impulso, Patrimonio Mundial el arte rupestre del Arco Mediterráneo. Su obra de referencia, actualizada en 1980 (Da cacciatori ad allevatori: l'arte rupestre del Levante spagnolo), fue publicada en Milán con ediciones en italiano, inglés, alemán y francés.

Aun despojada de sus cientos, quizá miles, de artículos de radio y prensa -eran clásicos los semanales en Heraldo de Aragón, veterano diario fundado en 1895-, la copiosa obra científica de Beltrán no cabe aquí, pero un buen resumen puede verse en el último número de Palaeohispanica.

En diciembre de 2004 falleció su esposa, Trinidad Lloris, madre de sus tres hijos, golpe que le afectó profundamente. Le sobrevivió poco más de un año. En la fecha de su muerte -29 de abril de 2006-, la Universidad de Zaragoza, en la que había empezado a trabajar en solitario, dispone de áreas diferenciadas de Arqueología, Prehistoria e Historia Antigua, con un total de veintisiete docentes. Y son cientos sus alumnos y discípulos directos que ejercen o han ejercido en las Universidades Complutense y Autónoma de Madrid, de Sevilla, del País Vasco, de Murcia y en instituciones como los Museos de Altamira, Numantino, de Huesca, de Navarra, de Zaragoza, de Cáceres o de Jaén. Los discípulos de sus discípulos son tan numerosos que hacen imposible su relación completa. Y ello subraya uno de los rasgos más sobresalientes de la atractiva y amable personalidad de Beltrán: la capacidad de contagiar su pasión y su entusiasmo por el trabajo anticuario. Fue durante toda su vida un multiplicador excepcional de la vocación tan intensamente servida hasta su muerte. Que descanse en paz mientras su recuerdo vive, crece y florece entre nosotros.